La política exterior estadounidense ha aprendido lecciones costosas en materia de colapso de regímenes. Irak, Libia y Siria constituyen tres casos paradigmáticos en los que la destrucción o fragmentación del poder central generó efectos no previstos: insurgencia, vacío institucional, milicias descontroladas, guerra prolongada y desestabilización regional.
En Irak, la disolución del ejército y la amplia política de “de-Baathificación” eliminaron de golpe la continuidad administrativa y militar del Estado. El resultado no fue democratización inmediata, sino insurgencia organizada y radicalización sectaria. En Libia, la caída de Gadafi sin una arquitectura institucional sucesoria produjo un vacío que fue ocupado por milicias y redes armadas regionales. En Siria, el debilitamiento del control estatal en amplias zonas territoriales no condujo a una transición ordenada, sino a la multiplicación de actores armados y a la fragmentación territorial.
De esas experiencias surgió una conclusión estratégica clara en Washington: evitar el colapso total del Estado. Preservar el orden. Impedir el vacío.
Esa lección ha marcado profundamente la doctrina contemporánea de transición. La premisa implícita es que destruir estructuras institucionales puede generar un costo mayor que tolerar su continuidad temporal. Sin embargo, Venezuela plantea un problema estructural diferente.
La Diferencia Fundamental
En Irak y Libia, el riesgo posterior al derrocamiento fue la destrucción del aparato estatal.
En Venezuela, el riesgo no es la ausencia del Estado. Es su integración estructural con el régimen.
Este punto es decisivo.
En Irak, la eliminación masiva de cuadros administrativos y militares produjo desorganización. En Libia, la desaparición del mando central produjo atomización armada. Esos fueron casos de sobre-destrucción institucional.
Venezuela representa el dilema inverso.
El Estado venezolano no está vacío.
No está fragmentado territorialmente.
No carece de aparato coercitivo.
Ministerios funcionan.
Fuerzas de seguridad mantienen estructura vertical.
Burocracias operan con relativa continuidad.
El problema no es el vacío. Es la captura sistémica.
Durante más de dos décadas, el poder político, el acceso a rentas formales e informales, el control coercitivo y el blindaje penal se integraron en una arquitectura unificada. Las instituciones no colapsaron; fueron transformadas en mecanismos de autoprotección y reproducción del bloque dominante.
En este tipo de sistema, preservar el orden no equivale automáticamente a producir transición.
El Momento Post–3 de Enero de 2026
La remoción de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 constituyó un evento disruptivo de alto impacto simbólico. En teoría clásica de transiciones, la caída del vértice del poder suele interpretarse como punto de ruptura. Pero en contextos de captura estructural, la caída de una figura no implica necesariamente alteración del diseño institucional. Tras ese evento, Venezuela entró en una fase que puede describirse como estabilización controlada:
- Liberación de presos políticos.
- Gestos humanitarios.
- Intentos de recalibración diplomática.
- Discusión sobre normalización energética.
- Búsqueda de reducción de tensiones externas.
Estas medidas reducen presión internacional y alivian tensiones internas. Desde la perspectiva de política exterior estadounidense, parecen racionales. Después de Irak y Libia, nadie quiere un colapso abrupto. Pero la estabilización no modifica automáticamente la arquitectura de incentivos.
Dos Lecciones Distintas
La lección de Irak fue: no disolver el ejército.
La posible lección venezolana es: no preservar intactos los mecanismos de protección. Son riesgos distintos.
En escenarios clásicos de colapso autoritario, destruir el Estado genera caos.
En escenarios de captura sistémica, preservar la estructura sin reformarla puede generar continuidad adaptativa.
En Venezuela, el bloque gobernante no se sostiene exclusivamente por ideología. Se sostiene por vulnerabilidad compartida. El control institucional proporciona blindaje frente a:
- Exposición penal doméstica.
- Cooperación judicial internacional.
- Rastreo y congelamiento de activos.
- Sanciones individuales.
- Pérdida de redes patrimoniales.
Salir del poder no implica retiro político ordinario. Puede implicar riesgo existencial. Bajo esas condiciones, la cohesión interna no es doctrinal. Es defensiva. Y esa cohesión no se desactiva simplemente con elecciones.
El Error Potencial: Confundir Orden con Transformación
Existe un temor comprensible a “otro caso Libia”. Pero Venezuela no presenta fragmentación miliciana ni vacío territorial. Su aparato coercitivo sigue intacto. Su estructura burocrática mantiene densidad funcional. El riesgo inmediato no es implosión. Es consolidación adaptativa.
Si la normalización energética y la reducción de presión internacional preceden a reformas judiciales verificables, reconfiguración del aparato de seguridad y cooperación efectiva en materia de activos, la estabilización puede aumentar los recursos disponibles para las mismas redes que produjeron la crisis. En ese escenario, la estabilización administra el equilibrio, pero no lo transforma. La historia reciente demuestra que la destrucción total del aparato estatal es una receta para el caos. Pero la preservación acrítica de estructuras capturadas puede ser una receta para la continuidad.
Transiciones Clásicas vs Estados Capturados
La teoría clásica de transiciones —O’Donnell, Schmitter, Przeworski— partía del supuesto de que el Estado conservaba cierto grado de autonomía institucional. Las élites autoritarias temían la pérdida de poder político, pero no enfrentaban necesariamente riesgos penales transnacionales de carácter estructural. En contextos de captura sistémica, el costo de salida cambia cualitativamente. Se convierte en existencial. Cuando el costo de abandonar el sistema incluye:
- Transformación de instituciones de blindaje en instituciones de riesgo.
- Exposición patrimonial.
- Procesos judiciales internacionales.
- Sanciones individuales ampliadas.
- Ruptura de redes de protección.
La permanencia se vuelve racional. Por eso la secuencia importa.
En sistemas capturados, elecciones no inauguran la transición. La consolidan, si previamente se alteró la arquitectura de incentivos. Sin reforma judicial, sin reconfiguración del aparato coercitivo y sin segmentación estratégica de responsabilidades, las elecciones pueden convertirse en alternancia superficial. Nuevos rostros. Misma estructura.
La Evolución de la Doctrina Estadounidense
Estados Unidos ha mejorado su comprensión del problema post-intervención. Se reconoció que la disolución abrupta de estructuras puede ser desestabilizadora. La preservación de continuidad administrativa se volvió principio prudente.
Pero el caso venezolano requiere una distinción más fina.
No se trata de destruir el Estado.
Se trata de reconstruir su autonomía.
No se trata de vaciar ministerios.
Se trata de reconfigurar incentivos.
No se trata de eliminar burocracias.
Se trata de restaurar independencia judicial y despolitizar cadenas de mando.
El peligro no es repetir el error de Irak.
El peligro es aplicar mecánicamente la lección equivocada.
La Secuencia Determinante
En contextos de captura estructural, la secuencia operativa adquiere carácter estratégico:
- Diagnóstico institucional independiente.
- Reforma judicial verificable.
- Reconfiguración del aparato coercitivo.
- Cooperación internacional en recuperación de activos.
- Transformación estratégica de incentivos de salida.
- Consolidación electoral bajo nuevas condiciones.
Intentar simultaneidad total puede generar cierre defensivo. Pero posponer reformas estructurales hasta después de normalización económica puede consolidar continuidad. Secuenciar no es retórica. Es ingeniería institucional.
Lo Que Está en Juego
Si la secuencia se convierte en:
Estabilización → Normalización → Elecciones
sin recalibración estructural previa, el resultado probable es:
- Alternancia superficial.
- Democracia delegativa frágil.
- Reproducción de redes bajo nuevas élites.
- Continuidad institucional con apariencia de cambio.
Pero si la estabilización incorpora reconstrucción institucional, entonces puede convertirse en palanca de transformación.
La diferencia es profunda. Irak fracasó por destruir demasiado. Venezuela puede fracasar por preservar demasiado. Estabilidad es necesaria. Reconstrucción institucional es indispensable.
Evitar el caos no equivale a producir transición.
La pregunta estratégica para Washington no es si debe apoyar una transición ordenada. Es si el orden que se preserve estará diseñado para proteger estructuras capturadas o para reconstituir autonomía institucional.
Venezuela no es Irak. No es Libia. No es Siria. Y precisamente por eso, aplicar la misma lógica sin distinguir la naturaleza del problema puede conducir al fracaso.
En Estados capturados, la transición no comienza cuando se reduce la tensión. Comienza cuando cambia el diseño institucional que hace racional permanecer dentro del sistema.
Sin des-captura, la estabilidad puede convertirse en administración del equilibrio existente.
Con des-captura, puede convertirse en ruptura sostenible.
Por Emir Moros Adams
1 de marzo 2026

