Estados Unidos en una guerra que no puede ganarse. Por Emir Moros Adams

Durante décadas, la planificación militar occidental ha asumido que la superioridad tecnológica de Estados Unidos y sus aliados garantiza victorias rápidas contra adversarios regionales. Sin embargo, la historia estratégica demuestra que las guerras rara vez se deciden únicamente por la calidad del armamento o por la supremacía aérea inicial.

En el conflicto actual entre Estados Unidos, Israel e Irán comienzan a aparecer señales tempranas de una dinámica distinta: una guerra de desgaste prolongada donde el objetivo político central —forzar un cambio de régimen en Irán— parece cada vez más difícil de alcanzar.

Como escribió Carl von Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política por otros medios”.
Si el objetivo político no se alcanza, la guerra deja de tener sentido estratégico incluso si se obtienen victorias tácticas en el campo de batalla. Hasta ahora, el objetivo político central del conflicto —debilitar decisivamente al régimen iraní— no se ha materializado.

El régimen iraní no ha colapsado

El supuesto implícito de la estrategia militar inicial era que una campaña intensa de bombardeos, combinada con presión económica y militar, podría producir una desestabilización interna del sistema político iraní.

Hasta ahora, esa hipótesis no se ha materializado. Irán mantiene:

  • control completo de su territorio
  • continuidad del aparato estatal
  • capacidad de lanzar ataques con misiles y drones
  • redes regionales activas

Desde una perspectiva estratégica, esto significa que el objetivo político central de la guerra —provocar el colapso del régimen iraní— no se ha logrado. Y cuando el objetivo político de una guerra no se alcanza, incluso campañas militares tácticamente exitosas pueden transformarse en derrotas estratégicas.

El impacto económico global ya es visible

Uno de los efectos más inmediatos del conflicto ha sido la creciente disrupción del sistema energético global. El Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz concentran aproximadamente 20 % del petróleo comercializado en el mundo, es decir, cerca de 21 millones de barriles diarios. Por esa razón, cualquier conflicto prolongado en esa región tiende a transformarse rápidamente en una crisis energética global.

Cualquier perturbación sostenida en esa región tiene consecuencias económicas globales inmediatas. Desde el inicio de las hostilidades recientes:

  • múltiples petroleros —al menos una docena, según reportes de seguridad marítima— han sufrido ataques o sabotajes en el Golfo.
  • varios depósitos de combustible e instalaciones de almacenamiento han sido alcanzados
  • terminales energéticas han interrumpido operaciones temporalmente

Estos incidentes han generado una fuerte reacción en los mercados. El precio del petróleo Brent ha superado los 118 dólares por barril, mientras los costos de seguros marítimos en el Golfo han aumentado más de 300 % en algunas rutas.

La guerra marítima y los petroleros en llamas

El transporte energético en el Golfo se ha convertido en uno de los frentes más sensibles del conflicto. Los ataques recientes contra petroleros han provocado incendios, evacuaciones y operaciones de rescate en alta mar.

Los efectos inmediatos incluyen:

Impacto Consecuencia
aumento del seguro marítimo transporte energético más caro
desvío de rutas navales retrasos logísticos
reducción temporal de envíos presión sobre los mercados energéticos

Este tipo de guerra marítima limitada es una herramienta estratégica clásica: no busca destruir completamente el flujo energético, sino introducir suficiente incertidumbre para desestabilizar el sistema energético global.

Disrupciones energéticas más allá del Golfo

La presión energética comienza a sentirse más allá del Medio Oriente. En Asia, algunos gobiernos ya están adoptando medidas preventivas para reducir el consumo energético.

En Tailandia, por ejemplo, autoridades han comenzado a aplicar medidas de ahorro de combustible mientras empleados del sector público han recibido instrucciones de trabajar desde casa para reducir el consumo de transporte. Además, en la región del Golfo se han registrado interrupciones en infraestructuras críticas.

En Bahrain, por ejemplo, se han suspendido temporalmente operaciones en instalaciones relacionadas con gas natural licuado tras incidentes de seguridad energética. Las perturbaciones en el Golfo tienen implicaciones directas para Asia, particularmente para China, que depende significativamente del petróleo que transita por el Estrecho de Ormuz.

Inflación energética y presión económica global

Las perturbaciones en el Golfo afectan directamente a tres variables económicas globales:

  • precios del petróleo
  • costos del transporte marítimo
  • inflación energética

Cuando estos factores se combinan, el impacto económico se propaga rápidamente por todo el sistema internacional. Los países más vulnerables son aquellos altamente dependientes de importaciones energéticas, especialmente en Asia.

El problema del consumo de municiones occidentales

Otro indicador importante de desgaste aparece en el ámbito militar. Los sistemas de defensa utilizados por Estados Unidos e Israel —especialmente los sistemas antimisiles— dependen de interceptores extremadamente costosos y complejos de producir.

Sistema Costo estimado por interceptor
Patriot PAC-3 3–4 millones USD
THAAD 8–12 millones USD
Arrow varios millones USD

Desde el inicio del conflicto se estima que cientos de interceptores antimisiles han sido utilizados para neutralizar ataques con misiles y drones. Esto ha comenzado a generar preocupaciones sobre el ritmo de reposición de estos sistemas.

Redistribución global de sistemas de defensa

La presión operacional ya ha obligado a Washington a reubicar sistemas de defensa antimisiles desde otras regiones hacia Medio Oriente. Entre las medidas discutidas se encuentra el traslado de componentes previamente desplegados en Corea del Sur, lo que refleja el grado de presión estratégica generado por el conflicto. Este tipo de redistribución tiene implicaciones importantes: significa que el conflicto comienza a afectar el equilibrio militar global de Estados Unidos.

El costo humano del conflicto

Las bajas militares también comienzan a aumentar. Desde el inicio de las hostilidades recientes se han reportado:

  • decenas de soldados estadounidenses muertos o heridos en ataques contra bases en el Golfo
  • víctimas entre personal militar israelí y funcionarios vinculados al aparato de seguridad

Históricamente, el aumento sostenido de bajas militares tiene efectos acumulativos en democracias occidentales. Las experiencias de Vietnam, Irak y Afganistán demostraron que el apoyo público a una guerra puede deteriorarse rápidamente cuando el costo humano se vuelve visible.

El riesgo de una escalada política

Cuando una guerra entra en una fase donde los objetivos estratégicos no se cumplen, los gobiernos enfrentan una presión creciente para alterar la dinámica del conflicto. Cuando una guerra no produce resultados claros, los gobiernos deben justificar su continuación. En ese contexto aparece un escenario particularmente peligroso: la necesidad de un evento detonante que transforme la opinión pública y legitime una escalada mayor del conflicto.

El contexto político actual en Estados Unidos

La dificultad central para Washington es que una guerra terrestre contra Irán carece hoy de apoyo político sólido. La opinión pública estadounidense, después de dos décadas de guerras en Irak y Afganistán, muestra una fuerte resistencia a nuevas intervenciones militares a gran escala en Medio Oriente. Además, amplios sectores del Congreso se muestran escépticos ante una escalada que podría convertirse en una guerra prolongada. Sin ese respaldo político, una intervención terrestre sería extremadamente difícil de justificar. Por esta razón, algunos analistas consideran que un evento dramático que pueda atribuirse a Irán podría convertirse en el detonante necesario para cambiar el clima político internoDesde una perspectiva estratégica, Irán no tiene incentivos racionales para atacar directamente territorio estadounidenseEn el escenario actual:

  • el régimen iraní permanece en el poder
  • el conflicto ya está generando presión económica global
  • el costo militar para Estados Unidos e Israel continúa aumentando

Por ello, la lógica nos dicta que un ataque iraní directo contra Estados Unidos produciría exactamente lo contrario de lo que conviene a Teherán: unificaría a la sociedad estadounidense y facilitaría el apoyo político para una guerra total.

El riesgo de una dinámica de desesperación estratégica

Cuando una potencia militar enfrenta la posibilidad de no alcanzar sus objetivos estratégicos, la tentación de escalar el conflicto aumenta. En este contexto, el riesgo más preocupante no es necesariamente una derrota militar inmediata. El riesgo es una escalada política diseñada para evitar reconocer esa derrotaSi ocurriera un evento atribuido a Irán en territorio estadounidense —un ataque terrorista, un sabotaje o un incidente militar— el impacto político sería inmediato. Un evento de ese tipo podría:

  • transformar la opinión pública
  • facilitar la aprobación de una intervención militar mayor
  • justificar el despliegue de tropas terrestres

Pero también abriría la puerta a un conflicto de escala mucho mayor.

Precedentes históricos de eventos detonantes

La historia demuestra que las guerras a menudo se expanden después de incidentes que generan indignación pública. Uno de los ejemplos más conocidos ocurrió en 1898 con la explosión del acorazado USS Maine en el puerto de La Habana. La explosión mató a más de 260 marineros estadounidenses y fue utilizada como argumento político para iniciar la guerra contra España. Otro precedente importante fue el incidente del Golfo de Tonkín en 1964, que permitió expandir la intervención estadounidense en Vietnam. Estos precedentes muestran cómo eventos ambiguos o manipulados pueden ser utilizados para movilizar apoyo político interno para una guerra.

El fantasma estratégico de Vietnam

Si el conflicto actual evolucionara hacia una intervención terrestre estadounidense en Irán, el escenario podría volverse extremadamente complejo.

Irán posee:

  • más de 85 millones de habitantes
  • geografía montañosa que dificulta operaciones terrestres
  • redes militares descentralizadas
  • aliados regionales armados

Una guerra terrestre en ese contexto podría reproducir dinámicas similares a Vietnam, Irak o Afganistán. La diferencia sería la escala.

Las bajas podrían ascender a centenares o incluso miles de soldados estadounidenses, generando una presión política interna enorme.

Conclusión

Las grandes potencias rara vez pierden guerras en el campo de batalla. Las pierden cuando el costo de continuar supera el objetivo político que las inició. Y cuando ese punto se alcanza, incluso la superpotencia más poderosa puede descubrir que ha entrado en una guerra que simplemente no puede ganar. En el conflicto actual comienzan a aparecer varios indicadores clásicos de una guerra de desgaste:

  • el régimen iraní sigue en el poder
  • la presión energética afecta la economía mundial
  • el consumo de municiones aumenta rápidamente
  • las bajas militares comienzan a acumularse

Y en ese contexto emerge un riesgo adicional: la tentación de escalar el conflicto mediante un evento detonante que transforme el clima político interno. Como recordaba Clausewitz, el objetivo político define la naturaleza de la guerra. Y la historia estratégica muestra una lección constante: Las grandes potencias rara vez pierden guerras en el campo de batalla.
Las pierden cuando el costo de continuar supera el objetivo político que las inició.

 

Por Emir Moros Adams

11 de marzo 2026